PALABRAS DE MI MADRE
Autor: Olegario Andradre
Ven para acá, me dijo dulcemente
mi madre cierto día.
(Aún parece que escucho en el ambiente
de su voz la dulce melodía)
Ven y dime qué causas tan extrañas
te arrancan esa lágrima, hijo mío,
que cuelga de tus trémulas pestañas
como gota cuajada de rocío.
Tú tienes una pena y me la ocultas;
¿no sabes que la madre más sencilla
sabe leer en el alma de sus hijos
como tú en la cartilla?
¿Quieres que te adivine lo que sientes?
ven acá pilluelo,
que con un par de besos en la frente
disiparé las nubes de tu cielo.
Yo prorrumpí a llorar. Nada le dije.
La causa de mis làgrimas ignoro,
¡pero de vez en cuando se me oprime
el corazón y lloro!...
Ella inclinó la frente pensativa,
se turbó su pupila,
y enjugando sus ojos y los míos,
me dijo más tranquila:
Llama siempre a tu madre cuando sufras,
que vendrá:
si está en el mundo, a compartir tus penas;
y si no, a consolarte desde arriba.
Y lo hago así cuando la suerte ruda,
como hoy, perturba de mi hogar la calma,
invoco el nombre de mi madre amada,
¡y entonces siento que se me ensancha el alma!
Poesías, textos y algunas fotos... que necesitan unos segundos de tu tiempo para poder enriquecer el resto de tu vida.
lunes, 31 de mayo de 2010
martes, 18 de mayo de 2010
NO TENGO TIEMPO / Autor: Raphy D’Oleo
Sabes hijo mío, hasta hoy no tuve tiempo para jugar contigo. Encontré tiempo para todo menos para verte crecer. Nunca jugué contigo.
Siento que tú me rodeas, pero sabes, soy muy importante y no tengo tiempo. Soy importante para números, invitaciones sociales, una serie de compromisos ineludibles, y dejar todo eso para sentarme en el suelo contigo… no tengo tiempo.
Un día viniste hasta mí con el cuaderno de la escuela, ni te miré, seguí leyendo el diario. A fin de cuentas los problemas internacionales son más serios que los de mi casa. Nunca vi tu boletín ni sé quién es tu maestra. No sé bien cuál fue tu primera palabra, también tú me entiendes, no tengo tiempo. De qué sirve saber las mínimas cosas de ti si tengo otras grandes cosas que saber.
Oye, como haz crecido, ya superaste mi cintura, estás alto, no me había dado cuenta. Es que por otra parte no advierto casi nada, mi vida es una carrera, y cuando tengo tiempo prefiero pasarlo afuera. Y si lo paso aquí me pierdo enmudecido frente a la televisión, porque la televisión es importante y me informa mucho. Sabes hijo mío, la última vez que tuve tiempo para ti fue una noche, nueve meses antes de que tú nacieras.
Hombre, sé que te quejas, sé que sientes la falta de una palabra, de una pregunta mía, de que corramos, de un punta-pie en tu pelota, pero es que no tengo tiempo. Sé que sientes la falta del abrazo y de la risa, de ir a pie a comprar caramelos, de caminar hasta el quiosco a comprar el pato Donald, pero…pero sabes cuánto tiempo hace que no voy a pie por la calle.
No tengo tiempo, tú entiendes, soy un hombre importante, tengo que atender a mucha gente, dependo de ellas. Hijo, tú no sabes nada de negocios, en realidad soy un hombre sin tiempo. Yo…yo sé que te disgustas, porque las pocas veces que hablamos es un monólogo, solo yo hablo, y casi siempre es discusión. Quiero silencio, quiero tranquilidad, y tú, tú tienes la pésima costumbre de venir corriendo y echarte encima de uno, tienes la manía de saltar a los brazos de la gente.
Hijo, no tengo tiempo para abrazarte, no tengo tiempo para hablar con niños así sin ton ni son. Porque qué entiendes tú de computadora, comunicación, cibernética, racionalismo, informática. Cómo puedo detenerme a conversar contigo. Sabes hijo, no tengo tiempo. Pero lo peor de todo, lo peor de todo es que si murieras ahora, ya, en este instante, me quedaría con un peso en la conciencia, porque hasta hoy no encontré tiempo para jugar contigo, y en la otra vida, seguramente Dios, no tendrá tiempo de dejarme al menos verte.
Sabes hijo mío, hasta hoy no tuve tiempo para jugar contigo. Encontré tiempo para todo menos para verte crecer. Nunca jugué contigo.
Siento que tú me rodeas, pero sabes, soy muy importante y no tengo tiempo. Soy importante para números, invitaciones sociales, una serie de compromisos ineludibles, y dejar todo eso para sentarme en el suelo contigo… no tengo tiempo.
Un día viniste hasta mí con el cuaderno de la escuela, ni te miré, seguí leyendo el diario. A fin de cuentas los problemas internacionales son más serios que los de mi casa. Nunca vi tu boletín ni sé quién es tu maestra. No sé bien cuál fue tu primera palabra, también tú me entiendes, no tengo tiempo. De qué sirve saber las mínimas cosas de ti si tengo otras grandes cosas que saber.
Oye, como haz crecido, ya superaste mi cintura, estás alto, no me había dado cuenta. Es que por otra parte no advierto casi nada, mi vida es una carrera, y cuando tengo tiempo prefiero pasarlo afuera. Y si lo paso aquí me pierdo enmudecido frente a la televisión, porque la televisión es importante y me informa mucho. Sabes hijo mío, la última vez que tuve tiempo para ti fue una noche, nueve meses antes de que tú nacieras.
Hombre, sé que te quejas, sé que sientes la falta de una palabra, de una pregunta mía, de que corramos, de un punta-pie en tu pelota, pero es que no tengo tiempo. Sé que sientes la falta del abrazo y de la risa, de ir a pie a comprar caramelos, de caminar hasta el quiosco a comprar el pato Donald, pero…pero sabes cuánto tiempo hace que no voy a pie por la calle.
No tengo tiempo, tú entiendes, soy un hombre importante, tengo que atender a mucha gente, dependo de ellas. Hijo, tú no sabes nada de negocios, en realidad soy un hombre sin tiempo. Yo…yo sé que te disgustas, porque las pocas veces que hablamos es un monólogo, solo yo hablo, y casi siempre es discusión. Quiero silencio, quiero tranquilidad, y tú, tú tienes la pésima costumbre de venir corriendo y echarte encima de uno, tienes la manía de saltar a los brazos de la gente.
Hijo, no tengo tiempo para abrazarte, no tengo tiempo para hablar con niños así sin ton ni son. Porque qué entiendes tú de computadora, comunicación, cibernética, racionalismo, informática. Cómo puedo detenerme a conversar contigo. Sabes hijo, no tengo tiempo. Pero lo peor de todo, lo peor de todo es que si murieras ahora, ya, en este instante, me quedaría con un peso en la conciencia, porque hasta hoy no encontré tiempo para jugar contigo, y en la otra vida, seguramente Dios, no tendrá tiempo de dejarme al menos verte.
COMO LA HIEDRA / De: L. Pandero
Por el dolor creciente que brota del pecado
Por haberte querido de todo corazón
Por haberte, Dios mío, tantas veces negado,
Tantas veces, pedido de rodillas, perdón.
Por haberte perdido, por haberte entregado,
Porque es como un desierto nevado mi oración,
Porque es como la hiedra sobre el árbol cortado,
El recuerdo que brota cargado de ilusión.
Porque es como la hiedra, déjame que te abrace,
Primero amargamente, lleno de flor después,
Y que a mi viejo tronco, poco a poco, me abrece.
Y que mi vieja sombra se derrame a tus pies,
Porque es como la rama donde la savia nace
Mi corazón, Dios mío, sueña que Tú lo ves.
Por el dolor creciente que brota del pecado
Por haberte querido de todo corazón
Por haberte, Dios mío, tantas veces negado,
Tantas veces, pedido de rodillas, perdón.
Por haberte perdido, por haberte entregado,
Porque es como un desierto nevado mi oración,
Porque es como la hiedra sobre el árbol cortado,
El recuerdo que brota cargado de ilusión.
Porque es como la hiedra, déjame que te abrace,
Primero amargamente, lleno de flor después,
Y que a mi viejo tronco, poco a poco, me abrece.
Y que mi vieja sombra se derrame a tus pies,
Porque es como la rama donde la savia nace
Mi corazón, Dios mío, sueña que Tú lo ves.
Carta de un padre a un hijo:
Autor: W. Livingston Larned
Escucha hijo: voy a decir esto mientras duermes, una manecita metida bajo la mejilla y los rubios rizos pegados a tu frente humedecida. He entrado solo en tu cuarto. Hace unos minutos, mientras leía mi diario en la biblioteca, sentí una ola de remordimiento que me ahogaba. Culpable, vine junto a tu cama.
Esto es lo que pensaba, hijo: me enojé contigo. Te regañé cuando te vestías para ir a la escuela, porque apenas te mojaste la cara con una toalla. Te regañé porque no te limpiaste los zapatos. Te grité porque dejaste caer algo al suelo.
Durante el desayuno te regañé también. Volcaste las cosas. Tragaste la comida sin cuidado. Pusiste los codos sobre la mesa. Untaste demasiado el pan con mantequilla. Y cuando te ibas a jugar y yo salía a tomar el tren, te volviste y me saludaste con la mano y dijiste: «¡Adiós, papito!», y yo fruncí el ceño y te respondí: «¡Ten erguidos esos hombros!».
Al caer la tarde todo empezó de nuevo. Al acercarme a casa te vi, de rodillas, jugando en la calle. Tenías agujeros en las medias. Te humillé ante tus amiguitos al hacerte marchar a casa delante de mí. Las medias son caras, y si tuvieras que comprarlas tú, serías más cuidadoso. Pensar, hijo, que un padre diga eso.
¿Recuerdas, más tarde, cuando yo leía en la biblioteca y entraste tímidamente, con una mirada de perseguido? Cuando levanté la vista del diario, impaciente por la interrupción, vacilaste en la puerta. «¿Qué quieres ahora?», te dije bruscamente.
Nada respondiste, pero te lanzaste en tempestuosa carrera y me echaste los brazos al cuello y me besaste, y tus bracitos me apretaron con un cariño que Dios había hecho florecer en tu corazón y que ni aún el descuido ajeno puede marchitar. Y luego te fuiste a dormir, con breves pasitos ruidosos por la escalera.
Bien, hijo; poco después fue cuando se me cayó el diario de las manos y entró en mí un terrible temor. ¿Qué estaba haciendo de mí la costumbre? La costumbre de encontrar defectos, de reprender; esta era mi recompensa a ti por ser niño. No era que yo no te amara; era que esperaba demasiado de ti. Te medía según la vara de mis años maduros.
Y hay tanto de bueno y de bello y de recto en tu carácter. Ese corazoncito tuyo es grande como el sol que nace entre las colinas. Así lo demostraste con tu espontáneo impulso de correr a besarme esta noche. Nada más que eso importa esta noche, hijo. He llegado hasta tu camita en la oscuridad, y me he arrodillado, lleno de vergüenza.
Es una pobre expiación; sé que no comprenderías estas cosas si te las dijera cuando estás despierto. Pero mañana seré un verdadero papito. Seré tu compañero, y sufriré cuando sufras, y reiré cuando rías. Me morderé la lengua cuando esté por pronunciar palabras impacientes. No haré más que decirme, como si fuera un ritual: «No es más que un niño, un niño pequeñito».
Temo haberte imaginado hombre. Pero al verte ahora, hijo, acurrucado, fatigado en tu camita, veo que eres un bebé todavía. Ayer estabas en los brazos de tu madre, con la cabeza en su hombro. He pedido demasiado, demasiado.
Autor: W. Livingston Larned
Escucha hijo: voy a decir esto mientras duermes, una manecita metida bajo la mejilla y los rubios rizos pegados a tu frente humedecida. He entrado solo en tu cuarto. Hace unos minutos, mientras leía mi diario en la biblioteca, sentí una ola de remordimiento que me ahogaba. Culpable, vine junto a tu cama.
Esto es lo que pensaba, hijo: me enojé contigo. Te regañé cuando te vestías para ir a la escuela, porque apenas te mojaste la cara con una toalla. Te regañé porque no te limpiaste los zapatos. Te grité porque dejaste caer algo al suelo.
Durante el desayuno te regañé también. Volcaste las cosas. Tragaste la comida sin cuidado. Pusiste los codos sobre la mesa. Untaste demasiado el pan con mantequilla. Y cuando te ibas a jugar y yo salía a tomar el tren, te volviste y me saludaste con la mano y dijiste: «¡Adiós, papito!», y yo fruncí el ceño y te respondí: «¡Ten erguidos esos hombros!».
Al caer la tarde todo empezó de nuevo. Al acercarme a casa te vi, de rodillas, jugando en la calle. Tenías agujeros en las medias. Te humillé ante tus amiguitos al hacerte marchar a casa delante de mí. Las medias son caras, y si tuvieras que comprarlas tú, serías más cuidadoso. Pensar, hijo, que un padre diga eso.
¿Recuerdas, más tarde, cuando yo leía en la biblioteca y entraste tímidamente, con una mirada de perseguido? Cuando levanté la vista del diario, impaciente por la interrupción, vacilaste en la puerta. «¿Qué quieres ahora?», te dije bruscamente.
Nada respondiste, pero te lanzaste en tempestuosa carrera y me echaste los brazos al cuello y me besaste, y tus bracitos me apretaron con un cariño que Dios había hecho florecer en tu corazón y que ni aún el descuido ajeno puede marchitar. Y luego te fuiste a dormir, con breves pasitos ruidosos por la escalera.
Bien, hijo; poco después fue cuando se me cayó el diario de las manos y entró en mí un terrible temor. ¿Qué estaba haciendo de mí la costumbre? La costumbre de encontrar defectos, de reprender; esta era mi recompensa a ti por ser niño. No era que yo no te amara; era que esperaba demasiado de ti. Te medía según la vara de mis años maduros.
Y hay tanto de bueno y de bello y de recto en tu carácter. Ese corazoncito tuyo es grande como el sol que nace entre las colinas. Así lo demostraste con tu espontáneo impulso de correr a besarme esta noche. Nada más que eso importa esta noche, hijo. He llegado hasta tu camita en la oscuridad, y me he arrodillado, lleno de vergüenza.
Es una pobre expiación; sé que no comprenderías estas cosas si te las dijera cuando estás despierto. Pero mañana seré un verdadero papito. Seré tu compañero, y sufriré cuando sufras, y reiré cuando rías. Me morderé la lengua cuando esté por pronunciar palabras impacientes. No haré más que decirme, como si fuera un ritual: «No es más que un niño, un niño pequeñito».
Temo haberte imaginado hombre. Pero al verte ahora, hijo, acurrucado, fatigado en tu camita, veo que eres un bebé todavía. Ayer estabas en los brazos de tu madre, con la cabeza en su hombro. He pedido demasiado, demasiado.
RESIGNACIÓN
de José María Pemán
Bendito seas Señor
por tu infinita bondad,
porque pones con amor
sobre espinas de dolor
rosas de conformidad.
Que triste es mi caminar,
llevo en mi pecho escondido
un gemido de pesar,
y en mis labios un cantar
para esconder mi gemido.
Mi poesía soñadora
es agua murmuradora
de corriente mansa y grave,
que, al murmurar, no se sabe
si es que canta o que llora.
Y es que temiendo Señor
que este mundo burlador
se burle de mis pesares,
voy ahogando entre cantares
los ayes de mi dolor.
No quiero que en mi cantar
mi pena se transparente
quiero sufrir y callar
no quiero dar a la gente
migajas de mi pesar.
Tú sólo, Dios y Señor,
Tú que por amor me hieres,
Tú que con inmenso amor
pruebas con mayor dolor
a las almas que más quieres.
Tú sólo lo has de saber,
que sólo quiero cantar
mi secreto padecer
a quien lo ha de comprender
y lo puede consolar.
Bendito seas Señor
por tu infinita bondad,
porque pones con amor
sobre espinas de dolor
rosas de conformidad.
Será el dolor que viniera
en buena hora recibido.
Venga pues, lo que Dios quiere.
¿Qué importa verme herido
si es mi Dios el que me hiere?
Yo no me quejo Señor,
yo sé que es gozo el dolor,
si se sufre por amor,
y el padecer es gozar
si se padece de amor.
Sé que para el peregrino
que busca el placer divino
de padecer de amores,
las espinas del camino
se van convirtiendo en flores.
Yo no me quejo Señor,
quiero por amor gozar
la locura del dolor,
quiero hacer mi vida un altar
de un sacrificio de amor.
Yo quiero sufrir, Señor,
quiero por amor gozar
la dulzura del dolor,
quiero hacer mi vida altar
de un sacrificio de amor
Vivir sin pena de amores
es triste vivir sombrío,
como el del agua de un río
que, sin árboles ni flores,
va por un camino baldío.
Vida, la falsa alegría,
yo no te envidio, que el día
que fuera mi vida así
temblando de horror diría:
"Dios se ha olvidado de mí".
No huyáis penas y dolores
con flaqueza de cobardes,
ni busquéis falsos amores
que mueren como las flores
con el morir de la tarde.
Saber sufrir y tener
el alma recia y curtida
es lo que importa saber,
LA CIENCIA DEL PADECER
ES LA CIENCIA DE LA VIDA.
No hay como saber sufrir
con entereza el dolor,
para saber combatir,
que el dolor es la mejor
enseñanza de la vida.
El ayuda con su mano
las empresas duraderas
del vivir fecundo y sano,
él sabe aventar el grano
la suciedad de las eras,
Él nos enseña a tener
siempre el alma apercibida,
y a esperar y a no temer,
y a dar su justo valor
a las cosas de la vida.
Nos enseña a caminar
por la vida y a luchar
con ánimo bien templado
para no desesperar
ni aun esperar demasiado.
Es saludable lección
para las nobles pasiones,
cauterio del corazón
freno de las tentaciones
y escuela de perfección.
Por eso Dios y Señor,
porque por amor me hieres,
porque con inmenso amor
pruebas con mayor dolor
a las almas que más quieres.
Porque sufrir es curar
las llagas del corazón,
porque sé que nos has de dar
consuelo y resignación
a medida del pesar.
Por tu bondad y tu amor
porque lo mandas y quieres,
porque es tuyo mi dolor,
Bendita sea, Señor,
la mano con que me hieres.
de José María Pemán
Bendito seas Señor
por tu infinita bondad,
porque pones con amor
sobre espinas de dolor
rosas de conformidad.
Que triste es mi caminar,
llevo en mi pecho escondido
un gemido de pesar,
y en mis labios un cantar
para esconder mi gemido.
Mi poesía soñadora
es agua murmuradora
de corriente mansa y grave,
que, al murmurar, no se sabe
si es que canta o que llora.
Y es que temiendo Señor
que este mundo burlador
se burle de mis pesares,
voy ahogando entre cantares
los ayes de mi dolor.
No quiero que en mi cantar
mi pena se transparente
quiero sufrir y callar
no quiero dar a la gente
migajas de mi pesar.
Tú sólo, Dios y Señor,
Tú que por amor me hieres,
Tú que con inmenso amor
pruebas con mayor dolor
a las almas que más quieres.
Tú sólo lo has de saber,
que sólo quiero cantar
mi secreto padecer
a quien lo ha de comprender
y lo puede consolar.
Bendito seas Señor
por tu infinita bondad,
porque pones con amor
sobre espinas de dolor
rosas de conformidad.
Será el dolor que viniera
en buena hora recibido.
Venga pues, lo que Dios quiere.
¿Qué importa verme herido
si es mi Dios el que me hiere?
Yo no me quejo Señor,
yo sé que es gozo el dolor,
si se sufre por amor,
y el padecer es gozar
si se padece de amor.
Sé que para el peregrino
que busca el placer divino
de padecer de amores,
las espinas del camino
se van convirtiendo en flores.
Yo no me quejo Señor,
quiero por amor gozar
la locura del dolor,
quiero hacer mi vida un altar
de un sacrificio de amor.
Yo quiero sufrir, Señor,
quiero por amor gozar
la dulzura del dolor,
quiero hacer mi vida altar
de un sacrificio de amor
Vivir sin pena de amores
es triste vivir sombrío,
como el del agua de un río
que, sin árboles ni flores,
va por un camino baldío.
Vida, la falsa alegría,
yo no te envidio, que el día
que fuera mi vida así
temblando de horror diría:
"Dios se ha olvidado de mí".
No huyáis penas y dolores
con flaqueza de cobardes,
ni busquéis falsos amores
que mueren como las flores
con el morir de la tarde.
Saber sufrir y tener
el alma recia y curtida
es lo que importa saber,
LA CIENCIA DEL PADECER
ES LA CIENCIA DE LA VIDA.
No hay como saber sufrir
con entereza el dolor,
para saber combatir,
que el dolor es la mejor
enseñanza de la vida.
El ayuda con su mano
las empresas duraderas
del vivir fecundo y sano,
él sabe aventar el grano
la suciedad de las eras,
Él nos enseña a tener
siempre el alma apercibida,
y a esperar y a no temer,
y a dar su justo valor
a las cosas de la vida.
Nos enseña a caminar
por la vida y a luchar
con ánimo bien templado
para no desesperar
ni aun esperar demasiado.
Es saludable lección
para las nobles pasiones,
cauterio del corazón
freno de las tentaciones
y escuela de perfección.
Por eso Dios y Señor,
porque por amor me hieres,
porque con inmenso amor
pruebas con mayor dolor
a las almas que más quieres.
Porque sufrir es curar
las llagas del corazón,
porque sé que nos has de dar
consuelo y resignación
a medida del pesar.
Por tu bondad y tu amor
porque lo mandas y quieres,
porque es tuyo mi dolor,
Bendita sea, Señor,
la mano con que me hieres.